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Sin la gracia de Dios...

Tengo que respirar profundo para empezar por algo que sentí después de terminar de meditar una noche, vinieron a mi mente las siguientes tres palabras: “que pobreza Dios”, pero no era pobreza del vaciamiento que se consigue con la meditación, sino aquella pobreza negativa de ser torpe, y para completar viene a mi memoria aquella escena de Jesús en Getsemaní, cuando al terminar su oración encontró dormidos a sus tres acompañantes -Pedro, Juan y Santiago- dormidos y les dice: “ni siquiera una hora han podido velar conmigo…” fue un momento muy difícil, lo único que quería era llorar. Otra vez recordé el comienzo de la oración de Thomas Merton: “Dios, Señor Mío, no tengo idea a donde voy. No veo el camino delante de mí. …”

Así que, la frase de los superlativos que es la que me ha llamado la atención hasta aquí nunca ha formado parte de mi vocabulario, no hay ni la más remota aproximación y ni creo que la habrá, porque si algo tengo claro es que la relación con Dios, cuando se da es puro don. Sin la gracia de Dios y la guía del Espíritu Santo ni siquiera el deseo de orar es iniciativa humana.

Esta es toda mi experiencia de tratar de meditar, un camino pedregoso.

Rebeca Mendoza

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Sobre el saber

El saber especulativo es muy útil. Permitió el desarrollo científico, que facilitó la vida del hombre. Pero hay otro saber muchos más profundo, más accesible a todos, que es el saber empírico, que proviene de la experiencia. La meditación es la culminación del saber empírico, porque involucra la totalidad del ser humano y lo pone en una dimensión más profunda. Y, como todo saber empírico, para desarrollarlo, hay que practicar, no sólo reflexionar sobre él.

Alicia Gundín

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