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La meditación cristiana es como entrar a una cueva profunda y obscura. Meditamos sin expectativas, sin condiciones, sin mediciones – meditamos con toda nuestra generosidad sabiendo que cuando meditamos no pasa nada.

Sin embargo, cada vez que repetimos nuestra palabra sagrada leal, consciente y amorosamente, se empiezan a prender unas pequeñas luces – a principio se perciben con dificultad, pero de pronto “vemos” con claridad – ya no hay obscuridad.

Es ahí cuando nuestra visión se transforma y nuestra perspectiva de vida se hace más amplia – la razón de ello es que esas luces son la luz del Señor que ilumina todo.

Gracias mil, María Teresa, por llegar al grupo a donde te invitamos a meditar y así ayudarnos unos a otros a perseverar en ese percibir la luz del Señor!

Lucía Gayón – en Ixtapa

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