Debemos tener cuidado con los superlativos. Es preciso que nos cuidemos de nuestro propio entusiasmo, porque si usamos demasiados superlativos, podemos olvidarnos de la humildad de la tarea, de lo cotidiano del camino. Lo cotidiano es que simplemente cada mañana y cada tarde de nuestras vidas nos sentemos en recogimiento. Nos mentalizamos y nos ubicamos al centro divino para enforar-nos. Lo hacemos al decir nuestra palabra. Logramos que desaparezcan todas las imágenes que hay entre nosotros y la realidad mediante la ruptura de todos los símbolos, y permitimos que la luz brillante y pura de la realidad, la clara luz del Espíritu de Dios, brille finalmente. Como dice San Pablo, que se convierta en la suprema realidad en nuestros corazones.

Esta tarea no es tan difícil para nosotros. No es necesario que atravesemos el océano para alcanzarla. No es preciso que les pidamos a otros que lo hagan por nosotros. Esta realidad está muy cerca de nosotros. Está en nuestros corazones; solo debemos tomarnos el trabajo de buscar primero el Reino de los Dios, el Reino que está en nuestros corazones. Tal es el Reino que Jesús estableció dentro de nosotros, y requiere simplemente de fidelidad. Entre otras cosas, es fidelidad al sentido común, sentido común que nos dice que debemos retornar siempre a beber profundamente de la fuente de la vida. Si bebemos realmente de allí, todo en nuestras en vidas, en consecuencia, se enfoca.

Una vez que estamos enfocados
en ese centro divino,
nada de la vida ni de la muerte es confuso.

San Pablo tiene una maravillosa descripción de tal experiencia:

“Les imploro entonces, hermanos míos, por la piedad de Dios, que os ofrezcáis a Él. Haced un sacrificio viviente, dedicado para Él y preparado para que Él lo acepte, la adoración que se ofrece del alma y corazón. Ya no os adaptéis a la estructura del mundo de hoy, dejad que vuestras mentes se rehagan y toda vuestra naturaleza se transforme. Entonces podréis discernir cuál es la voluntad de Dios, y saber lo que es bueno, aceptable y perfecto”. (Rm 12, 1-2).

Esta es una excelente descripción de la meditación: “Dejad que vuestras mentes se rehagan”.

Decir el mantra es como limpiar
la pizarra de la conciencia
para que se pueda llenar
del conocimiento del Amor de Dios.

Es la plenitud de su Amor la que nos transforma. Aquello que transforma todo en nosotros es también lo que nos ilumina para que, al ser transformados, busquemos lo que es bueno y perfecto. Y para que la voluntad de Dios sea clara.

John Main
Del libro: Maranatha, Camino de la Meditación
Editorial Lumen, Argentina
Título original: The Heart of Creation
Darton, Longman & Todd Ltd.

PREGUNTA DE LA SEMANA

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