Comprometernos a nuestra plenitud

Cuando dentro de unos momentos meditemos juntos, cada uno de nosotros debe estar quieto. El estar sentados quietos es de suma importancia. Nos sentamos en algún cojín, o en alguna silla y ahí nos quedamos, totalmente devotos al trabajo de la meditación. Este es el primer paso que nos saca del egoísmo, que nos saca de nuestra preocupación por nosotros mismos, que abre nuestra conciencia a lo que hay más allá, a la realidad infinita que expande nuestro espíritu en el Amor generoso. Entonces nos sentamos quietos.

Luego cerramos nuestros ojos suavemente y comenzamos a repetir nuestra palabra, nuestro mantra. El mantra que sugiero es una palabra en arameo, Maranatha. Para meditar lo único que tenemos que hacer es repetir esta palabra del principio al fin. Ma-ra-na-tha. No pienses en ella. No pienses en ti mismo. No te disperses pensando “¿es esto un completo desperdicio de tiempo?” Todos esos pensamientos tienen que caer; tienen que ser abandonados. La meditación nos lleva a un estado de conciencia indivisible en el que nos hacemos uno con el Uno que es.

El llamado, el destino que leemos en San Pablo para cada uno de nosotros, no es un llamado para entrar un poquito a la riqueza espiritual, sino es entrar total y radicalmente sin reservas, sin calcular el costo – entrando en la verdad que nos permite ser humanos plenos, plenamente confiados – confiados al amar y en el ser amados. Debemos recordar que no estamos hablando de una doctrina misteriosa y esotérica. Este llamado, este destino, está al alcance de cada uno de nosotros. Lo que tenemos que hacer es comprometernos a recorrer este camino, comprometernos a la práctica.

Y la práctica consiste – no permitas que nada te distraiga de esto – en repetir la palabra del principio al fin con una fidelidad absoluta. Esta verdad no solo es accesible para nosotros; es la base de toda la realidad. Para llegar a esta realidad debemos de aprender a ser simples, estar quietos, estar en silencio, estar atentos, atentos a lo que es – a la realidad suprema de la presencia de Dios, a su Amor en nuestro propio corazón.

Entonces debemos aprender a dejar de pensar en nosotros mismos. Debemos aprender a ser, ser en la presencia de Dios, en la presencia de Aquel que es, y que está en la base de nuestro ser. Debemos quitarnos el miedo cuando arrancamos y vamos renunciando a nosotros mismos enfocándonos en el encuentro con el otro. No debemos tener miedo. El espíritu de nuestro corazón, el espíritu al que nos abrimos en la meditación, es el Espíritu de la compasión, de la amabilidad, del perdón, de la aceptación total, del Espíritu del Amor.

Para que nuestras vidas puedan ser totalmente humanas, debemos encontrar al Espíritu del Amor en nosotros mismos. Este no es un camino solo para expertos espirituales. Es un camino para todos aquellos que quieren vivir sus vidas en plenitud.

John Main
Del libro: The hunger for depth and meaning
Edited by Peter Ng
Medio Media, 2007 – www.mediomedia.org
Traducido por Lucía Gayón
Para la difusión gratuita de la Meditación Cristiana

PREGUNTA DE LA SEMANA

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