La vida en espiral

El gran desafío en la historia de la humanidad es llegar a conocernos a nosotros mismos. A partir de la adolescencia vamos tomando conciencia de quiénes somos y solo podremos avanzar cuando dejemos de vernos a nosotros mismos en la periferia. De hecho, es solo cuando nos dejamos de ver, como un proceso consciente, que podremos entonces descubrirnos como somos.

Pasa que al estarnos auto-analizando, fomentamos en nosotros imágenes de quienes creemos que somos o alimentamos nuestras creencias a través de lo que otros nos dicen o de cómo nos etiquetan. A veces tenemos que pasar por largas terapias para quitarnos los falsos conceptos que nos impiden relacionarnos o que nos impiden ser felices.

El creernos el centro del universo puede disparar dos situaciones extremas: El de la soberbia o la arrogancia y el de la auto-devaluación. No somos el centro del universo y entender esto requiere de un proceso consciente, para así descubrir qué o quién es el centro del universo.

Cada vez que meditamos y que pobre y torpemente vamos repitiendo nuestra palabra sagrada, estamos dando un paso para salir del círculo que nos pone como centros del universo. Porque para poder salir de ese círculo, tenemos que mirar fuera/dentro de nosotros: Fuera de nuestra periferia y dentro de nuestro corazón.

Ahora bien, cuando meditamos no estamos pensando que nos vamos a conocer dentro de nuestro corazón – si estamos pensando en ello, entonces no estamos meditando.

El sencillo ejercicio de simplemente repetir nuestra palabra sagrada, con distracciones, tropezones y olvidos, nos está permitiendo salir del círculo vicioso para llegar a ese descubrimiento. La sorpresa está que lo que vamos a descubrir es algo muy simple, muy sencillo que es el “nosotros” – donde el Otro y el otro toman precedencia. Re-dirigimos las linternas hacia Aquel, en su misterio y en su indefinible presencia. Es ahí que nos encontramos a nosotros mismos en el Alpha y en el Omega.

Lucía Gayón

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