Conocimiento de Dios

Estamos “envueltos” del conocimiento – es una de las facultades más importantes del ser humano: su capacidad de conocer y de aprender. Desde que abrimos los ojos al nacer, nuestra mente va captando el mundo, primero lo externo y poco a poco va captando lo interno. El conocimiento es un proceso continuo.

La historia del conocimiento a nivel personal y social va progresando, se va afinando y se hace complejo a medida que acumulamos más herramientas de aprendizaje. Hay muchas variantes del conocimiento: práctico y empírico, descriptivo e informativo, experimental o científico, filosófico y teológico, etc. En las áreas del conocimiento personal este se puede dar en diferentes perspectivas: físico, biológico, psicológico, mental, intelectual, intuitivo, creativo, espiritual.

Nuestro conocimiento de Dios creo que va en paralelo al tipo de conocimiento que estemos experimentando en la diferentes fases de nuestra vida así como lo es también en la parte personal y relacional con los otros (como sería el conocimiento objeto-sujeto). El conocimiento de Dios puede quedarse meramente en la fase de objeto-sujeto; en el concepto de ver a Dios en un “estar”; de relacionarlo con un algo y para poderlo describir, hacemos una imagen de Él según nuestro estado mental o emocional o el nivel o fase del conocimiento que estemos experimentando.

La meditación cristiana nos dispara a otra plataforma del conocimiento de Dios, que también va en relación a lo que estamos experimentado. Por lo que si vivimos una experiencia de Silencio interior, nuestra perspectiva del conocimiento de Dios se abrirá a la dimensión del Silencio. Poco a poco se empieza a disolver la percepción subjetiva de Dios-objeto.

Empezamos a percibir el Amor desde la fuente de nuestra interioridad; empezamos a despertar a la presencia de Dios no como un “estar” (que puede ser cambiante al “no estar”), sino al ser, a la inmanencia y trascendencia de ser en el Ser. Esto, desde luego, no se puede describir objetivamente, como sería un argumento lógico o científico, sino que deja de ser “nuestro conocimiento” (con sus limitaciones) para entrar a esa certeza de la incertitud, a la paradoja del Misterio donde lo teórico y lo experimental se unen en la infinitud de una sola Realidad.

Si vamos conociendo a Dios en esa perspectiva de des-objetivización, esta experiencia también se va a traducir, en paralelo, a nuestro conocimiento personal,  inter-personal y del mundo; a la forma en que se van desdoblando los acontecimientos de nuestra vida; en el significado especial del encuentro con el otro, o más bien dicho, con el mío y con lo nuestro.

Habremos entonces des-cubierto que el conocimiento de Dios es integrador, es liberador, y por ende, verdadero.

Lucía Gayón

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