Mi perspectiva de la soledad se fundamenta en la vida de Jesús: en su manera de afrontarla, y en todo lo que Él dijo al respecto. Hacer del Evangelio la respuesta real y concreta a mis interrogantes es disfrutar un tesoro de inestimable valor, del cual el Espíritu Santo es el Administrador y yo soy una dichosa beneficiaria. Cuando trato de mantener y desarrollar en mi persona los mismos sentimientos de Cristo me coloco en mi lugar verdadero, me reconozco criatura hecha a imagen y semejanza de Dios, y me libero del engaño de la autosuficiencia.

Si reflexiono, por ejemplo, en la soledad de Jesús en el Getsemaní, o en su búsqueda de la soledad física para orar en las madrugadas, si profundizo todo lo que él dijo e hizo sobre este tema, encuentro un poderoso sentido que me convence, respiro genuina autenticidad y una libertad que me dignifica, pase lo que pase en mi vida en el momento actual. Así que cuando mi experiencia de la soledad asumirá tratos positivos y gozosos me reflejaré en Él; cuando en cambio el dolor de la vida me presentará la soledad con toda su aspereza y sufrimiento igualmente será Él mi referente.

¿Cuál soledad, entonces? En verdad no existe. Cristo está conmigo siempre, aún cuando no estoy consciente de su presencia, aún si lo ignoro. En la noche oscura del alma o del espíritu, en mi falta de fe, ¿puedo encontrar acaso alguna huella de su ausencia? No. También allí Él está. La “sensación” de estar sola que a veces me abruma, las dificultades de la vida que tengo que afrontar sin la ayuda de nadie, la incomprensión, el rechazo de los demás, las pérdidas de los afectos más entrañables: todo ese inmenso mar oscuro que da forma a mi dolor personal, es exactamente aquel lugar vacío de mi existencia que Él llena, asume y  acompaña fielmente y siempre.

La Buena Noticia para todos los que en un determinado momento nos sentimos solos, se reasume entonces en unas pocas palabras que nos dilatan el corazón a una esperanza ilimitada: se trata de la última frase que Jesús resucitado pronunció, según San Mateo.

“Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”.
Mt, 28, 20

Mari Cris

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