meditación-cristiana-68

En tiempos pasados de mi vida, cuando no sabía que lo que hacía se llamaba “meditar” y espontáneamente viajaba al interior sin guía ni pasaportes, solo siguiendo un rastro de luz enamorada… en aquel tiempo solía pasar por el filtro de mi racionalidad lo allí vivido, sentido. A menudo descartaba la visión del mundo de la gente y de las cosas que traía de mis viajes: todo era luz, todo amor y todo paz. Entonces pensaba: no puede ser verdad.

No sabía qué hacer con esa luz amor y paz que me impelían a entender la “realidad” llevándole la contraria a lo “razonable”.

De modo que dejé de perdonar muchas ofensas, dejé de creer en la bondad fundamental de todo ser, y de mí misma… me sumí en una espiral de negación que lo arrasó todo. Tardé años en volver. Me trajo de regreso la convicción de que aquello no era ensueño y huida del mundo, sino la única, me habéis leído bien, la única manera de tener conocimiento de algo de la verdad que es. Hoy no tomo una decisión sin entrar en ese lugar en que conozco lo que es, hasta donde se me da, en donde recibo fuerzas, ideas, visiones de las cosas que entonces sí, me implican hasta la médula en las vidas de mis semejantes y la mía, en sus condiciones, en la sociedad, en la política. Y, desde ese centro sé que tengo alguna oportunidad de hacer tal vez lo correcto.

O medito o me muero lejos de la poca verdad que me es dada a conocer con este cuerpo aquí y ahora.

Con cariño,

Christina, Presbítera

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