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Todos nacemos con un ego – es parte de este equipo con que fuimos diseñados. El ego nace, nos acompaña y muere con nosotros. Podemos verlo como un monstruo o un enemigo o podemos tratar de llevarla bien con el ego.

El primer paso para llevarla bien con el ego, es aprender a reconocerlo. Veremos que si nos familiarizamos con su estructura, esta es como la un niño pequeño que está en la fase del “querer”. Quiere cosas, quiere atención, quiere ser el centro, quiere cumplir sus deseos.

Cuando se te presenta un niño que te tira un berrinche, ¿qué haces? ¿Le gritas y lo golpeas? ¿Lo minimizas y lo castigas? ¿Lo insultas o lo ignoras?

Creo que es importante aprender a querer al ego para que se sienta atendido y amado – es nuestro y viene con nosotros, es nuestro niño pequeño que ahí está pero de pronto quiere tomar el control.

Recuerdo una escena maravillosa de un niñito de 2 años que estaba haciendo un berrinche en un restaurante. Su mamá se arrodilló junto a él para estar a su nivel y luego, sin decir una palabra, lo abrazó y lo acarició. Como por arte de magia, el niño se calmó, se sintió comprendido, consolado y amado. No hubo palabras amenazadoras, no hubo regaños, no hubo gritos, no hubo chantaje. Hubo un acto de amor y de comprensión.

Ese niñito inmaduro va creciendo, va desarrollándose, tiene sus altas y bajas. Pero cuando nosotros nos arrodillamos ante nuestro ego, simplemente para consolarlo, comprenderlo y amarlo, el ego se tranquiliza.

Cuando meditamos estamos ejercitando ese arrodillarnos junto a nuestro ego; estamos aprendiendo también a identificarlo – a ver cómo se manifiesta. Se manifestará, tenlo por seguro, pero si es un ego bien atendido, sus manifestaciones serán más calmadas y más amables.

Creo entonces que sí es posible llevarla bien con el ego!

Lucía Gayón

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