El deseo de Dios

Hablar del desmantelamiento del ego podría ser un ejercicio vano si vamos tras el desmantelamiento en si. Sería fácil caer en el círculo vicioso de un combate interminable que, por querer combatirlo, nos lleve a auto-centrarnos en nuestro propio ego. Entraríamos al torbellino del auto-análisis, que se le aceita con la culpa y el constante dar vueltas a aquello que queremos destruir.

Es como cuando un niño hace un berrinche – mientras más enfatizamos su razón de actuar así al igual que su comportamiento por el berrinche, el berrinche no acabará y se tornará vicioso o violento. Y de ahí se escala a un constante reprender, castigar, hacerlo pagar y hasta discriminar.

Rompemos el círculo vicioso del ego reconociendo que es parte de nuestro ser y que de repente se asoma – que está en nosotros, nacemos y morimos con ello, pero no nos domina.

Hay una manera efectiva de “ponerlo en su lugar”. Y esta forma es a través del deseo de Dios. Cuando nos percatamos de ese deseo de nuestra alma, algo en nuestro interior se suaviza, se hace más misericordioso, más ama-ble. Y cuando nos enfocamos solo en el deseo de Dios, nuestro foco de atención se va desplazando y saliendo del ego donde estaba atrapado.

El deseo de Dios-Amor se empieza a reconocer en el interactuar con aquellos que forman nuestro círculo de Amor, que a la vez se va expandiendo cuando logramos ver a Dios incluso a través de lo que nos cuesta trabajo, o lo que nos duele, porque sabemos que todo aquello que impide verlo es temporal, va a pasar.

La meditación diaria nos ayuda a abrir nuestra conciencia al deseo de Dios – a sentirlo en todo nuestro ser. Vamos despertando a la gracia de saber y sentir ese deseo de Dios-Amor y vamos dejando que inunde nuestro corazón.

Lucía Gayón
Ixtapa, México

Si estás leyendo este artículo puede ser que este sea el medio en que Dios te llama para que vivas la experiencia de conocerlo desde tu corazón. Meditar es muy sencillo – pulsa aquí.