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Llegamos a este mundo totalmente indefensos, con nuestras cualidades latentes bastante dormidas y para poder sobrevivir necesitamos de los otros. Por muchos años somos dependientes de nuestros padres y poco a poco vamos creciendo entrenados a ser “buenos” dependientes.

Nacer y crecer nos cuesta trabajo, nos da miedo, creamos y percibimos al monstruo del closet oscuro. Por un lado queremos la independencia, pero tenemos miedo y buscamos entonces otras formas de dependencia. Cortamos con unas para buscar otras – pasamos de dependientes novatos a dependientes graduados en los que otros dependen de nosotros.

El proceso de amarse a uno mismo se hace complicado justamente por nuestro miedo entonces buscamos dependencias. Este miedo no nos permite conocernos a nosotros mismos porque estamos muy ocupados tratando de encontrar las dependencias que nos calmen. Descubrimos que en verdad, con o sin dependencias, estamos indefensos. Cuando al fin encontramos a algo o alguien de quién depender, nos calmamos, solo hasta que ese algo o alguien decide no seguir en la jugada. Entonces nos derrumbamos.

Cuando la decepción humana es grande, buscamos otras formas de consuelo: Caemos en adicciones aliviadoras – pueden ser inocentes o más elaboradas. Incluso caemos en la adicción religiosa. Corremos a buscar a un dios que nos consuele, que “muera” por nuestros miedos (o pecados), que nos prometa una salvación.

¿Podemos amarnos así? Creo que no. Si no podemos amarnos, cómo podremos amar al otro, cómo podremos ver con claridad que lo que creemos que amamos es otra forma de dependencia para sentirnos protegidos?

Necesitamos ser valientes para poder distinguir y detectar las dependencias que hemos creado para salvaguardarnos del miedo. Debemos ser valientes para evitar ser dependientes graduados (protectores) y hacer que otros dependan de nosotros.

Necesitamos romper con la barrera del miedo y no hay fórmula mágica, ni solo la oración, o los milagros, o las buenas acciones, o “ser buenos”. Mientras busquemos al otro o a Dios como resultado de nuestros miedos, no se logrará una relación plena ni tampoco se apagarán los miedos.

¿Estamos destinados a convivir con el miedo? ¿El miedo es condición de ser humano? ¿Es el miedo la cruz a la que se refiere Jesús cuando dice que tenemos que cargarla?

Posiblemente la respuesta sea afirmativa.

Amarnos a nosotros mismos requiere de algo mucho más fuerte que nosotros. Requiere de un trabajo personal profundo y atento – un trabajo de silencio. Con esto propiciamos, a que por la Gracia de Dios, nuestro centro se ilumine – justo para poder ver esos miedos y dependencias, para entonces “amigarnos” con ellas – saber que son parte del camino, que estarán con nosotros, pero de forma clara e iluminada. Solo así, a la luz, puede salir el monstruo del closet oscuro.

Y más importante, damos entrada a la experiencia de ser amados en Dios y por Dios – experimentamos el Amor en su máxima expresión.  Damos el paso de amar en libertad – de amarnos en El!

Lucía Gayón

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