Cuanto más cerca se ha estado de una persona, más impacta la separación y su ausencia, y mejor se saborea su vuelta. Esta es la torpeza con que puedo resumir lo que deseo expresar.

Quienes han convivido con Jesús y lo han acompañado hasta el final (con sus vacilaciones, miedos y huidas) al conocer su muerte caen casi en la depresión, aumenta su desconcierto, su miedo, su desengaño… no saben si marchar o quedarse.

Pero el Misterio de Jesús, que es el Misterio también del Padre y del Espíritu, hace que pronto se vuelvan a cambiar las claves, las apoyaturas que ellos pensaban seguir buscando ya sin Él. Se les da la experiencia de encontrar-se con Él, vivo ya para siempre, y colmado de vida plena para todos ellos. Es ahora cuando comprenden todo lo que vivieron junto a Él. Ya no quieren OLVIDAR, como hasta hace un instante… necesitan “re-cordar”, volver a traer al corazón…

Todo lo de Jesús ahora tiene su centro en Él mismo. No en el discípulo, que creyendo buscarlo y seguirlo, todavía se buscaba y seguía a sí mismo: un lugar a su derecha; lo han dejado todo, qué tendrán; cuántas veces tienen que perdonar a su hermano, solo tienen cinco panes…

Jesús resucitado, vencedor de la muerte, les trae la Energía del Espíritu y el Amor del Padre en plenitud. No hay que subir y bajar más del Tabor, Jesús está aquí con ellos y no han de hacer nada extraordinario, sino volver a Galilea, a su entorno, a sus orígenes, donde todo empezó con Él y puede ahora continuar de una forma nueva, insospechada, humilde y llena –esta vez sí- de alegría. Antes, Jesús les cautivaba; ahora les llena de Gracia y Libertad; querían escucharle siempre, a su lado se sentían a salvo. Ahora lo escucharán, sí, pero su voz no les vendrá de fuera, no necesitarán el sentido físico del oído, ni ninguno de los sentidos corporales para estar con Él. Porque ahora Él vive dentro y lo escuchan ahí. Necesitan callar mucho más que antes, de una forma nueva. Su Palabra en ellos es ahora realmente VIVA, potente, eficaz. Escuchan, e inmediatamente AMAN. Y porque aman, pondrán sus sentidos corporales al servicio de sus semejantes.

Quienes vivieron en aquella época y no convivieron con Jesús no tuvieron la misma experiencia Pascual –Muerte y Resurrección-. No se les murió alguien querido, solo lo conocieron de oídas. No experimentaron súbitamente como los discípulos, que en ese darlo todo hasta el final, en ese servir a sus hermanos hasta entregar la vida, Jesús, su amigo y maestro, se ha convertido en su Señor.

Para mí hoy, hacer la experiencia de discípula es CONVIVIR con Jesús. No cansarme de escuchar su Palabra y de acunarla en el corazón. Aprender a estar en SILENCIO buscándole a Él y no a mí. Saber que yo también soy débil, egocéntrica, miedosa, prepotente… y así como soy Él se me acerca, me mira con amor y me dice: “Dáselo todo a los pobres, y luego ven y sígueme”. Vuelve a tu Galilea, a tu cotidianeidad y comparte allí la alegría de tu intimidad conmigo.

Este silencio de intimidad con Jesús cada día, mañana y tarde, es lo que me devuelve a lo profundo de mi ser. El silencio para mí no es un empeño. No es un medio para obtener paz, un llenarme para después vaciarme, o viceversa. Es un Regalo. Esa invitación de Jesús me atrae, me atrae y yo la recibo y la acuno en el silencio. La acuno con su Nombre. Él trabaja en mí. Después vuelvo a Galilea y trabajo yo, para siempre con Él.

Inma Marti

Leave a Reply

Your email address will not be published.