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La frase podría asustar porque tal vez tenemos el concepto de que quien ora es una persona “santurrona” o “mocha” (como decimos en México) – alguien que se la pasa en la iglesia confesándose y dándose golpes de pecho, haciendo maratones de rosarios y mirando que todos cumplan todos las reglas y dogmas habidos y por haber.

Ser una persona de oración es algo que se manifiesta de forma muy sencilla y que es resultado de una práctica consciente de la presencia de Dios en nuestra vida. Otras manifestaciones además de la sencillez, es la humildad y la alegría de vivir en esa conciencia.

Ser persona de oración es algo que va más allá de nosotros mismos. Meditamos, oramos porque queremos y tenemos que hacerlo – porque hay una fuerza superior en nosotros que nos llama y nos lleva. Para dejarnos llevar por esa fuerza debemos estar disponibles.

Nos ponemos disponibles cada vez que simplemente nos sentamos, cerramos nuestros ojos y en silencio repetimos nuestra palabra sagrada. Aun en medio de distracciones, tropezones y olvidos – vamos creando esa disciplina de disposición; vamos abriendo las puertas de nuestra alma para que también conscientemente podamos gozar de esa fuerza que nos llama y nos lleva.

Lucía Gayón

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