La Presencia Misteriosa de Dios en nosotros

La realidad central de nuestra fe cristiana es el envío del Espíritu por Jesús. Nuestra fe es una fe viva porque el Espíritu vivo de Dios habita en nosotros, dando nueva vida a nuestros cuerpos mortales.

Lee el Capítulo 5 de la carta de Pablo a los romanos; él habla de lo que Dios ha logrado en la persona de su Hijo, Jesús:

“Por la fe, pues, hemos sido “hechos justos” y estamos en paz con Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor. 2 Por él hemos tenido acceso a este estado de gracia e incluso hacemos alarde de esperar la misma Gloria de Dios. Incluso no nos acobardamos en las tribulaciones, sabiendo que la prueba ejercita la paciencia, 4 que la paciencia nos hace madurar y que la madurez aviva la esperanza, 5 la cual no quedará frustrada, pues ya se nos ha dado el Espíritu Santo, y por él el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones.” (Romanos 5: 1-5).

Piensa un momento en este texto y considera el poderoso anuncio que hace: “Por Él hemos tenido acceso a este estado de gracia e incluso hacemos alarde de esperar la misma Gloria de Dios.” “el Amor de Dios se va derramando en nuestros corazones”.

Toda oración cristiana es básicamente la experiencia de ser llenados por el Espíritu. En la carta a los romanos, Pablo lo expresa así:

“Somos débiles, pero el Espíritu viene en nuestra ayuda. No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo pide por nosotros, con gemidos inefables. 27 Y Aquel que penetra los secretos más íntimos entiende esas aspiraciones del Espíritu, pues el Espíritu quiere conseguir para los santos lo que es de Dios.”
(Rom 8: 26-27).

En la meditación, nuestra forma de crecer en estar despiertos al Espíritu que ora en nosotros que consiste simplemente en profundizar la fidelidad de repetir el mantra. Es nuestra repetición leal de la palabra lo que integra todo nuestro ser. Lo hace porque nos lleva al silencio, la concentración, al necesario nivel de conciencia que nos permite abrir nuestra mente y corazón al trabajo del Amor de Dios en las profundidades de nuestro ser.

En la meditación no buscamos pensar en Dios. Tampoco pensamos en su Hijo, Jesús. Tampoco pensamos en el Espíritu Santo. En la meditación estamos tratando de hacer algo inmesurablemente mayor. Al renunciar a todo aquello que pasa, buscamos no pensar sobre Dios, sino ser con Dios, experimentarlo como la base de nuestro ser. Una cosa es saber que Jesús es la revelación del Padre, que Jesús es el Camino al Padre, pero es muy diferente a la experiencia de la presencia de Dios en nosotros; experimentar el verdadero poder del Espíritu en nosotros, y que en esa experiencia seamos llevados a la presencia del Padre, nuestro Padre.

Esta es nuestra meta en la meditación cristiana: Permitir que la misteriosa y silenciosa presencia de Dios dentro de nosotros que se haga cada vez más no solo una realidad, sino la realidad de nuestras vidas; la realidad que da significado, forma y propósito a todo lo que hacemos y a todo lo que somos.

Terminemos con esta oración:

Padre Celestial, abre mi corazón a la silenciosa presencia del Espíritu de tu Hijo. Llévame por el misterioso silencio donde tu Amor se revela a todos los que buscan. Maranatha. Ma-ra-na-tha. Ven Señor Jesús.

John Main
Del libro: The hunger for depth and meaning
Edited by Peter Ng
Medio Media, 2007 – www.mediomedia.org
Traducido por Lucía Gayón
Para la difusión gratuita de la Meditación Cristiana

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