Como los discípulos en la historia del Evangelio, yo no estaba buscando un maestro el día que conocí a Father John, ni mucho menos esperaba yo conocerlo – pues ni sabía yo que él existía. Hice una visita a la Abadía de Ealing de una manera razonablemente convencional para un piadoso joven católico de 21 años solo para explorar la posibilidad de una vocación monástica con el abad. No esperaba yo entonces que mi vida cambiara radicalmente ese día y aunque sucedía así, no tenía yo idea hasta unos años más tarde que lo pude comprender totalmente. Tampoco había yo pensado, o quería yo pensar, que siete años después de conocer al hombre que se reveló como mi maestro ese día, estaría yo sentado junto a su cama mientras él moría y podía yo verlo solo en ese punto de su vida y que en un necesario momento, no por eso menos profundo, se completaba un despertar en el círculo de Amor del padre espiritual y su hijo – un cierre que realmente no lo era. El Padre John sigue siendo mi maestro y yo sigo aprendiendo de él.

A nivel humano, su muerte me dolió tanto como la muerte de mis padres unos años antes, pero al mismo tiempo había otra dimensión total de completa confianza de que todo estaba bien. La superficie del océano podía haber sido turbulenta, pero había calma en las profundidades. Unos años más tarde, en otro momento muy doloroso de mi vida, tuve otra poderosa experiencia con el hecho de que no había nada que temer – que a pesar de evidencias contrarias, todo estaba y estaría bien. No tengo ni la menor duda de que estas experiencias, junto con otras, son los frutos de la enseñanza que Father John me pasó y que son su regalo.

Como lo sabrás, la enseñanza que nos muestra, nos abre y nos invita un maestro espiritual, no es una enseñanza sobre el mundo y lo que nos es familiar, como el aprendizaje que adquirimos y que acumulamos – el conocimiento que se torna en nuestra posesión y que nos permite juzgar a otros – un juicio comparativo que no tiene lugar en la comprensión de la realidad espiritual. Obviamente ese tipo de aprendizaje del mundo tiene su lugar y no tiene nada de malo con la excepción de sus limitaciones. La enseñanza ofrecida a nosotros por un maestro espiritual es muy diferente porque más que ser una adquisición de algo que posee el maestro y nosotros no, es una experiencia de reconocer que ese algo está ya presente en nosotros que de pronto lo reconocemos en la presencia del maestro quien nos despierta. El maestro nos revela nuestro verdadero ser y nos revela que ese ser se ama. Es por esta razón que el Amor que existe a nivel humano entre nosotros y nuestro maestro es tan precioso al mismo tiempo que nuestro maestro nos revela que ese Amor es solo una probadita del infinito e ilimitado Amor al que nos abre. No creo que pudiéramos leer los Evangelios sin comprender que son los lazos de amistad y de Amor lo que une a Jesús con sus discípulos y ellos a Él. Ellos traicionaron esa amistad, de la misma manera que nosotros también somos capaces de hacerlo, pero encontraron que podían restaurar esa amistad por el mismo Amor al cuál fallaron. El verdadero maestro spiritual abre nuestros corazones al regalo que ya es nuestro, que, aunque podemos darle la espalda, nunca se nos niega.

Utilizamos imágenes y metáforas para señalar la realidad de cómo el camino espiritual nos puede llevar por el miedo a reducir aquello que es infinito a los límites de nuestro vocabulario. Las imágenes y las palabras son necesariamente paradójicas. Thomas Merton, en su conmovedora experiencia en Louisville donde él pude ver todo y todos a su alrededor en la luz del Amor – llámalo el punto de la pureza de la nada en el corazón de cada uno de nosotros. En el centro de nuestro ser – él escribió – hay un punto de la nada que no ha sido tocado por el pecado o por la ilusión, un punto de verdad pura, un punto o una chispa que pertenece totalmente a Dios, que no está a nuestra disposición, pero que Dios dispone de nuestras vidas y que es inaccesible a las fantasías de nuestra propia mente o a las brutalidades de nuestra voluntad. Este pequeño punto de nada y de absoluta pobreza es la gloria de Dios en nosotros.

El punto de la pura nada es el punto a donde nos lleva el mantra más y más profundamente al silencio y a la simplicidad. Es también paradójico que sea donde estamos y hemos estado siempre – ¿cómo podría ser de otra forma? No podríamos responder al regalo si no se nos hubiera dado. Esto es lo que un auténtico maestro sabe y su gran regalo para nosotros es ayudarnos a irlo conociendo también. No hay nada a donde ir o hacia donde correr – solamente está el desafío de ser aquí y ahora.

Uno de los maestros que me ha ayudado a profundizar mi conocimiento y mi experiencia del camino al cuál me inició Father John, es Jim Finley con quien estudié en el Living School. Sentí una conexión con Jim no solo porque lo conocí en la casa en South Bend de nuestros oblatos Don y June Siegmund muchos años atrás, pero también porque Merton fue su maestro espiritual en Gethsemani por 6 años de la misma manera en que Father John lo fue para mi por 7 años. Jim tiene una imagen adorable del llamado contemplativo cuando dice que muy a menudo estamos navegando en la superficie de la profundidad infinita de nuestras vidas. En ese contexto dice que en la presencia del maestro, uno siente estar en la presencia de alguien que está más atento a ti que tú mismo y que es más tierno y compasivo hacia ti que tú mismo.

Ciertamente asi fue mi experiencia de Father John. Father John era un hombre de gran fuerza, una fuerza que le permitía ser tierno y compasivo. Nunca lo experimenté de otra manera. Era una fuerza gentil que no estaba arraigada al ego pero a su experiencia de ser amado por el maestro que se le había revelado en su profundidad – el maestro que es Cristo, en las profundidades que últimamente son las profundidades infinitas de Dios. En la experiencia cristiana de la vida, es el profundo misterio de la unidad de todo en Dios lo que es el corazón de nuestra fe – que sean uno como nosotros lo somos – Yo en ellos y ellos en mi – que sean perfectamente uno – esto surge de la experiencia vivida en unidad, más allá de la conciencia dividida del ego que fácilmente nos atrapa en lo que nuestro maestro dice tanto con palabras como en el Amor para nosotros – y es en esa experiencia de unidad que nos invita mientras que nos revela la fuente de nuestra verdadera identidad.

Las palabras de un auténtico maestro están arraigadas a ese misterio de unión que con Amor nos habla y de lo cuál somos muy afortunados de tener. Somos especialmente afortunados de encontrar esta enseñanza en la amorosa persona humana de Father John. Hoy recordamos el fin de su camino en esta Tierra pero lo hacemos con gratitud por la vida que vive en nosotros y en nuestro mundo gracias a su enseñanza. Permíteme decirte unas últimas palabras: Cuando podemos ver, que no solo actuamos por fe, sino por fe y por Amor, entonces habremos realmente comenzado. A través de esta fe, Cristo vive en nosotros en Amor. Su habitar en nosotros es la constante compañía del maestro. Nuestra valentía inicial nos ha llevado a encontrar al maestro. Damos gracias a Dios por nuestro maestro y a nuestro maestro por invitarnos a compartir en su experiencia a Dios vivo.

Father Paul Geraghty