Me abro a Jesús aceptando, permitiendo, el amoroso actuar en mi persona del misterio inefable de su Persona que siempre me trasciende. ¿De que manera? Con la oración contemplativa, pero también leyendo la Palabra e dejándome mover por ella, reconociéndolo y acompañándolo en mis hermanos, recibiéndolo en los Sacramentos, orando de las diferentes maneras según la inspiración del Espíritu Santo: único verdadero Maestro.

¿Se pueden separar las dos naturalezas de Jesús?

¿Se puede hablar de una conciencia humana de Jesús sin tener en cuenta su divinidad…? Se escribe mucho sobre el Jesús histórico pero en su vida terrena Él seguía siendo un misterio, al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre, en cualquier momento. Ahora sigue siendo lo mismo: humano y divino, incomprensible. Siempre será lo mismo: humano y divino. El abismo entonces se abre infinito entre nuestros pálidos esfuerzos por comprenderlo y Su realidad inalcanzable.

Dejamos que los teólogos sigan profundizando el tema; es mejor para nosotros, quedarnos con nuestra limitada y humilde, pero concreta, vital y única, relación interpersonal con Él que nos ama sin condiciones, nos sana y libera sin condiciones, nos comprende y justifica hasta la médula, nos acompaña y recibe aún allá donde los fariseos que nos rodean, y los que se esconden en nuestros corazones, nos hechan piedras y con énfasis cruel declaran: “no te ilusiones: para ti no habrá lugar en el banquete”.

Mari Cris

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