JohnMain

´La meditación es una forma de poder pues nos permite comprender nuestra mortalidad. Es la manera de poder mantener nuestra propia muerte bien enfocada. Esto es posible porque es un camino que va más allá de nuestra mortalidad. Es el camino que supera nuestra muerte a la resurrección, a la vida eterna, a la vida que surge de nuestra unión con Dios. La esencia del Evangelio es que estamos invitados a vivir esta experiencia hoy, ahora. Todos estamos invitados a morir, a morir a nuestra auto-importancia, a nuestra auto-exclusividad. Estamos invitados a esto porque Jesús murió antes que nosotros para resucitar de la muerte. Nuestra invitación a morir es también una invitación para resucitar a la nueva vida, a la comunidad, a la comunión, a una vida plena sin miedo. Supongo que sería difícil estimar qué es lo que a la gente le causa más temor – a la muerte o a la resurrección. Pero en la meditación perdemos todo nuestro temor porque aprendemos que la muerte es la muerte al miedo y que la resurrección es una nueva vida.

Cada vez que nos sentamos a meditar entramos a este eje de la muerte y de la resurrección. Lo hacemos porque en la meditación vamos más allá de nuestra vida y de sus limitaciones y entramos al misterio de Dios. Descubrimos, cada uno de nosotros por nuestra propia experiencia, que el misterio de Dios es el misterio del amor, del amor infinito, que destruye todo el miedo. Esto es nuestra resurrección, nuestro surgir en total libertad, cuando logramos enfocar la muerte y la resurrección. La meditación es el gran camino para enfocar nuestra vida a la realidad eterna de Dios, a la realidad eterna que se encuentra en nuestro corazón. La disciplina de repetir el mantra cada mañana y cada noche tiene ese objetivo supremo – enfocarnos totalmente en Cristo con una clara visión de lo que somos en nuestra realidad. Esto es lo que dijo San Pablo a los Romanos:

“Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni tampoco muere para sí. Si vivimos para el Señor vivimos; y si morimos para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Para esto mismo murió Cristo, y volvió a vivir, para ser Señor tanto de los que han muerto como de los que aún viven”. (Rom. 14:7-1)´

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