Nos es difícil creer en la Resurrección porque es un misterio que nos supera y que no podemos comprender pero solo lo podemos vislumbrar o captar bajo la experiencia de la presencia de Dios en nuestra vida.

Jesús hizo algo extraordinario – lo que hace la diferencia con todos los seres humanos. El resucitó! Nació, creció, se desarrolló y murió como humano.

Nos es difícil creer en la Resurrección – nos es más fácil conectar con su muerte. Las iglesias están abarrotadas los viernes santos. Celebramos con más entusiasmo la Navidad. Pero la Resurrección queda a un lado.

Comprendo totalmente a María Magdalena y al discípulo Tomás de no comprender o creer que Jesús les hablaba o que se les aparecía. Eso nunca le había pasado a algún humano.

No es posible creer en la Resurrección sin experimentarla. La Resurrección es algo que no solo le ocurrió a Jesús, sino que le ocurrió para que también ocurriera en nosotros.

Experimentar la Resurrección implica un despertar a las constantes formas en que la Resurrección se hace visible en nuestras vidas. Desde el nacimiento de un nuevo día; despertar renovados con una nueva energía, salir de la cama dando un paso a la sorpresa que El nos tiene reservada para ese día. Podemos ver la Resurrección en la forma en que diariamente se desdoblan los acontecimientos de nuestra vida.

Pero también pasan cosas extraordinarias – cosas que pensamos que nunca iban a ocurrir. Encuentros especiales, problemas resueltos, oportunidades inesperadas, momentos de soledad fecundos, inspiración para descubrir el hilo conductor de la vida, momentos de profunda escucha; la creatividad de las palabras; la certeza de que somos especialmente amados por alguien; el poder de amar a alguien en toda libertad saboreando los frutos del Espíritu que se dan en el Amor – gozando profundamente la vida y sus sorpresas.

Lucía Gayón

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