Oren por mi

Cuando veo la frase “Oren por mi” siento que no se ha comprendido bien el significado de la oración. Lo capto como echarle al otro el paquete de algo que no me gusta hacer; o que no acabo de creer. Suena también algo como “haz ejercicio por mi”, “estudia por mi”.  Y claro, se comprende, porque nos han educado a que la oración es solamente un pedirle a Dios por cosas – por lo que si éstas no llegan, entonces necesito que otros lo hagan – tal vez son más buenos que yo y a ellos Dios sí les hace caso. También puede ser que pensemos que “mientras más, mejor”.

Por otro lado, bajo la experiencia de la oración contemplativa, de la oración en silencio, de la meditación cristiana, vamos comprendiendo, en la práctica, que la oración profunda es más bien un proceso de transformación, un proceso de apertura de corazón, un aprender a ver lo nunca antes visto, un saber y sentir que Dios es y está conmigo y con El tengo todo – que solo Dios basta.

Bajo esa dinámica, orar por – con otros toma más un sentido de comunión.  Ayudamos a alguien cuando lo invitamos a orar juntos.

Para que exista la armonía, el equilibrio, debe haber un punto sólido de apoyo que pueda balancear el peso contenido. Ese punto de equilibrio es Dios en nuestro corazón. A medida de que vamos practicando e integrando nuestra vida a la meditación cristiana, el punto de equilibrio se hace más visible, más claro, más sólido. Vamos descubriendo la armonía de Dios.

Si, oramos unos con otros para darnos la fuerza de la claridad; para perseverar en nuestro meditar diario, pero finalmente es el Espíritu de Dios que ora en nosotros, que hace su labor de abrir todos nuestros sentidos para que veamos que Dios siempre está con nosotros; siempre nos ama y que su Amor no está condicionado a nuestros comportamientos – ni incluso a que oremos. Orar entonces es tener el privilegio de ir despertando a su divinidad que es en mi y en ti – a aprender a vivir en la presencia de Dios y de permanecer en su Amor.

Oremos juntos!

 

Lucía Gayón

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