Pascua y el "nada sucede"

“Jesús dijo también: «El reino de Dios es como cuando un hombre arroja semilla sobre la tierra: ya sea que él duerma o esté despierto, de día y de noche la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. Y es que la tierra da fruto por sí misma: primero sale una hierba, luego la espiga, y después el grano se llena en la espiga; y cuando el grano madura, enseguida se mete la hoz, porque ya es tiempo de cosechar.»” Marcos 4.26-29

La impaciencia, el inmediatismo y la insaciable hambre de satisfacción frecuentemente constituyen una trampa para todos nosotros. Aunque intentemos enmascararnos detrás de un halo de espiritualidad angelical, tarde o temprano nos descubrimos midiendo nuestro progreso y ansiando resultados que, sospechamos, deberían acompañar la práctica de la oración y la meditación. Y cuando, aparentemente, nada sucede nos decepcionamos y nos vemos tentados a abandonar todo.

Este tiempo de Pascua es más que propicio para reflexionar sobre cuando “nada sucede”. La redención no fue la obra de un día, el ministerio de Jesús fue prolongado y cambiante. Llegada la Semana Santa, en realidad, todo llegó a parecer perdido. El Mesías esperado fue rechazado, condenado, asesinado, sepultado… y nada sucedió. Pero, lo creemos y lo proclamamos, al tercer día resucitó gloriosamente. La Pascua, entonces, es la nos enseña como lidiar con todos los “nada sucede”: aunque todo parezca perdido, la resurrección es un hecho.

Andrés Ayala

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