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Creo que hay dos perspectivas: La experiencia de Cristo en nuestro corazón y las creencias que hay que creer para ser cristianos.

Las instituciones religiosas se han empeñado a través de la historia en tener adeptos, seguidores, miembros que para que sean aceptadas en el club donde deben de creer creencias – incluyendo la creencia del cristianismo como ellos lo presentan. Cási siempre en base a dogmas y regulaciones. Hay algunos que sienten creer de esta forma y que nunca se cuestionarán las creencias que han aprendido a absorber. Para muchos, la ideología religiosa no acaba de ser atractiva – suena hueca, fría y condenatoria – muy apegada a las regulaciones del espíritu (una contradicción!). Tenemos que “creer” lo que nos dicen para ser “cristianos”.

El cristianismo para mi es un proceso de abrir la conciencia a través del auto-conocimiento – así como somos, sin hacernos juicios. Eso es difícil y requiere de una disciplina para encontrar el camino interior y poner en marcha a ese proceso. El proceso se inicia como una semilla y todos la tenemos.

Como esa semilla está ahí y debe de crecer de todas maneras, muchos, rechazando la institucionalidad religiosa, se van, por ejemplo, a la política y ahí “crece” esa semilla de fe – la política se vuelve una religión, la veneración a la ideología. Otros se quedan en la apatía e indiferencia. Otros ponen su “fe” en cosas que los motiven – trabajo, estudio, diversión, deporte, ideologías, política, otras personas, proyectos – y esa semilla crece ahí y, cierto, da frutos.

Pero esa semilla de fe es mucho más poderosa que nuestros proyectos – entonces ¿cómo hacer para descubrir que esa semilla se desarrolle en todo su potencial?

Creo que es a través del trabajo de introspección – el trabajo interior nos lleva a desarrollarla al máximo. Cuando meditamos y hacemos silencio, empezamos a limpiar nuestro interior que se va iluminando y expandiendo – lo podemos ver muy claramente con la experiencia de la meditación. De pronto, por la Gracia y por el mismo poder de la semilla de la fe, tomamos conciencia.

Tomamos conciencia de que esa semilla de fe es una célula de Dios – que tenemos DNA divino. Que somos de El, que tenemos su poder y su fuerza es el Amor.

Pero qué hacer con esa semilla – podemos haber descubierto a Dios en nuestro corazón, y luego…? Cómo podríamos trasformarla a cada instante de nuestra vida, en cada respiración, en cada actividad, en cada pensamiento y en cada acción?

Quizás si pensamos mucho en ello, volvemos a caer en la ideología de una fe. Sin embargo, al estar conscientes de ello nos vamos re-conociendo mejor, nos aceptamos mejor, nos damos permiso de actuar en libertad – porque trascendimos las “ideologías de la fe”.

Tenemos muchas ideologías de fe, paquetes de felicidad: La relación de amor “perfecta” y llena de condiciones; la familia ejemplar, el cristianismo inmaculado, todos los “deberes” del tener y del hacer.

La conciencia de la presencia de Dios en nuestra vida puede transcender cuando se aplica, cuando se le abre la ventana para que respire y se expanda. Una señal de las cosas donde debe aplicarse es justamente en la piedrita que cargamos en el zapato. ¿Hay algo que no está bien, que no suena auténtico en nuestra vida? Algo que nos lastima y nos incomoda? Muchas veces estas piedritas nos dan la pauta para crecer y para liberarnos de la imposición de paquetes de deberes, de costumbres, de lo que otros nos dicen sobre cómo debe ser nuestra vida, nuestro sentir y nuestro actuar. En este proceso profundo y valiente de conocimiento vemos la piedrita y la sacamos del zapato.

La semilla nos lleva a la libertad, a la liberad de verdaderamente reconocernos como hijos amados de Dios, amigos favoritos de Jesús impulsados por el Espíritu Santo. Solo teniendo esta experiencia interior de fe, de conciencia de mi en Dios y de Dios en mi – podríamos hablar de un cristianismo profundo y fertil.

Gracias por leerme!

Lucía

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