Tan solo me rendí

Hace algunos años (no tantos, no tantos), cuando comencé la práctica de la meditación, tenía la convicción de que el constante flujo de pensamientos en mi mente eran una cosa a ser evitada, o al menos controlada. De forma tenaz me esforcé mucho por conseguir el tan ansiado silencio, la tan anhelada paz. Me imaginaba que únicamente si lograba asemejarme a una de esas imágenes beatíficas habría logrado el objetivo de la meditación. Sin embargo, lejos de silenciar los pensamientos, conseguir la anhelada calma interior y verme como uno de esas estampas beatíficas, cuánto más me esforzaba, más ruido había en la cabeza. Varias veces desistí, la meditación no era para mí. Pero la suave llamada a descansar en la presencia divina era irresistible, y volvía a empezar.

Con el tiempo dejé de luchar, dejé de esforzarme, tan sólo me rendí. La interminable serie de pensamientos, ese vocerío incómodo que nada dice, sigue presente, a veces como un eco lejano, otras como un barullo ensordecedor. He encontrado que, al menos para mí, los constantes pensamientos no son un obstáculo, sino un vehículo hacia el silencio, la paz y el disfrute de la presencia de Dios.

Sentado en mi lugar, cierro mis ojos, y dirijo la mirada del corazón hacia mis pensamientos, los acepto así como vienen, no discuto, no me esfuerzo por apagarlos. Invoco el nombre del Señor y dirijo hacia él mi atención. Dejo que la respiración se calme y rítmicamente uso la palabra que me sirve a manera de mantra. Los pensamientos vienen y van. Cuando se hacen presentes, los acepto, y los entrego como ofrenda al Señor junto con el latido de la palabra y el inpulso del aliento.

En resumen, entendí que el silencio no es una restricción forzada, es un regalo de la gracia; acepté que la paz no consiste en la ausencia de perturbaciones, sino en permanecer apacible en medio de ellas; y sonreí al darme cuenta que la experiencia beatífica no es un cuadro inmóvil, es el refrescante soplo del Espíritu en el movimiento de la vida misma.

“Cuídame, oh Dios, porque en ti busco refugio.” Salmos 16.1

Andrés Ayala

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