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La meditación cristiana me ha llevado a encontrar una puerta de libertad. Un camino directo a Dios que me da la certeza de su Amor total, incluyente y abierto. Me siento profundamente amada por El y también con la libertad de ser quien soy, aún con mis fallas o debilidades.

Descubrir su Amor en mi corazón me ha dado una perspectiva de que ya estoy liberada – que es un hecho y no solo una ilusión para el futuro. La “salvación” para mi es más bien un proceso de iluminación.

Cada vez que medito y repito mi palabra sagrada algo en mi interior se va iluminando, poco a poco – no siempre me doy cuenta de ello – pero ocurre, pues de pronto, puedo ver con mucha claridad cosas que antes eran confusas. Puedo conocerme no tanto en mi complejidad, sino en mi simplicidad – junto a Jesús – sabiéndome y adueñándome del privilegio de que somos amigos, de que nos aceptamos, de que nos queremos así como somos – ambos, en dos sentidos.

En El he descubierto la libertad de la amistad divina – estoy aprendiendo a trascender el deber, el querer y el hacer. A veces me cuesta trabajo creer en la liberad que con timidez a veces toco. Me doy cuenta de ello porque se manifiesta en una alegría conspirativa.

Ser en Dios no es una teoría como antes lo veía – es la realidad de nuestra vida – por eso podemos conectar mejor, o desconectar con más libertad cuando es necesario. Por eso podemos ver que ante la perspectiva del Amor absoluto, nuestras fallas, fracasos o la misma muerte, toman otro lugar – sí, ahí están, pero están siendo trascendidas.

Mi vida está llamada a centrarme en El – medito para “echar a andar” ese motor de visión contemplativa de su Amor en todo mi día.

Medito con agradecimiento, con cansancio, a veces me quedo dormida, me distraigo, regreso, repito y respiro y me dejo envolver por su brisa.

Lucía Gayón

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