¿Restaurar nuestro espíritu?

Reflexionando con el tema de la semana, me percato que no fue una buena pregunta: ¿Restaurar nuestro espíritu? El espíritu debe ser restaurado? Depende de lo que entendamos por “espíritu”.

Si lo vemos como una especie de anexo, de apéndice, de agregado que tenemos que cargar, arrastrar, controlar, incluso, cuidar o desarrollar, es que nos vemos en un estado de dualidad, como un sistema binario, desgajados, desintegrados, el espíritu está allá y yo acá.

Entrar a los “terrenos” del espíritu, que es lo que ocurre cuando encendemos el motor como al practicar la meditación cristiana, es entrar al misterio.

No digo “misterio” como una cosa meramente extraña o desconocida – sino como a la Realidad que nos forma, reforma y conforma. De ahí somos, es nuestro origen y destino. No se puede definir porque las palabras no alcanzan – más o menos podemos crear un boceto, algo así también como tararear una canción que aún no nos aprendemos.

Nos sentimos extranjeros en esa tierra de libertad, porque se nos ha educado a querer embotellar todo – hasta a Dios – la religión nos lo empaqueta con sus definiciones, limitaciones, dogmas, reglas. Vemos a Dios tan lejano – cuando pensamos en Él miramos hacia arriba – a lo inalcanzable. Pensamos que estamos “fuera”, que la eternidad es algo que ocurre cuando morimos, decimos “se fue a la eternidad, entró a la casa del Padre, se unió a Dios”.  El espíritu no está en el cuerpo o en la mente – hay como una especie de enemistad, o si bien nos va, un casillero.

La meditación nos da el regalo del silencio y de la soledad – para justamente desconfigurar lo aprendido y encasillado. Nos da el regalo de lo inesperado, de lo indefinido, de lo que no podemos controlar con “ser buenos” siguiendo las reglas. Implica ser leales al regalo de nuestro ser, agradecidos por el privilegio de ser humanos – implica ser fieles al secreto de nuestro conocimiento profundo, nos da la fuerza de la intuición como una nueva forma de ver, sin telescopios ni microscopios.

Nos sorprende este proceso porque de pronto nos encontramos en la nada, en el vacío, sin nuestros esquemas. Soltamos de pronto, con cierto miedo, con sorpresa, con aceptación pero con “peros” – no damos crédito, no lo creemos. Pero ya estamos – ya no hay vuelta para atrás, rompimos la jaula.

De ahí se viene el efecto del misterio – de pronto, así como pasó lo anterior, encontramos el sentido de pertenencia y de permanencia – encontramos el sentido de unidad, descubrimos que la creatividad no es don personal, nos vemos integrados en la eternidad – nos vemos saliendo del dualismo (algo así como un sistema binario como “infierno o cielo”, “sí o no”, “bueno o malo”, “creyente o no creyente”, “los otros y yo”), para entrar a la paradoja – algo así como el misterio, la gracia, la alegría de la sorpresa, al evangelio como la buena noticia, la mente de Cristo y a la fuerza del Amor.

Lucía Gayón

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