En la celebración de los 35 años del fallecimiento de Father John Main, me da mucha alegría compartir contigo un tributo por el Padre Paul Geraghty. El Padre Paul era un monje joven del monasterio en Ealing en el Reino Unido donde conoció a Father John. Los dos viajaron a Montreal a iniciar una pequeña comunidad de meditación. Yo los conocí en julio de 1981. Hoy, en Montreal, el Padre Paul celebrará una Misa y esta es su homilía. Le agradezco que me haya permitido traducirla y compartirla contigo. Por favor, gózala!

 

Los antiguos Griegos eran muy listos. No solo tenían un dios, sino dos dioses asociados con el tiempo. Crono, el dios asociado con el tiempo que ya conocemos muy bien; el tiempo que medimos con nuestros relojes y que siempre tiende a ser como una carrera o algo que tenemos que arrastrar. También tenían a Eón, el dios asociado con el tiempo ilimitado; lo que hoy entendemos como el tiempo eterno representado como estar parados en un círculo que indica que no hay principio ni fin. Si estuviéramos ahora en una reunión con antiguos Griegos podríamos decir que estos dos dioses hoy estarían con nosotros y  Crono nos diría que es increíble que ya hayan pasado 40 años desde que Father John llegó a Montreal a fundar su pequeña comunidad de meditación y 35 años, solo 5 años después, su muerte. Eón nos recordaría que precisamente ese momento cronológico hace 35 años es el momento en que la vida de Father John entró a la plenitud de la vida eterna – esa vida que ya no está confinada a los límites de Crono pero que conoce lo ilimitado de la vida como la escuchamos en Efesios – el ancho, el largo, la altura y la profundidad del Amor de Cristo. Este era uno de los pasajes de la Escritura favoritos de Father John que presenta ante nosotros algo mucho más profundo que lo que los antiguos Griegos comprendían del tiempo – presenta ante nosotros la verdad cristiana que, en Cristo, el tiempo cronológico y el tiempo eterno están unidos; la humanidad se ha convertido en la vivienda de la divinidad; el momento presente se ha convertido en el momento de salvación.

El gran regalo de haber conocido a un maestro como Father John, ya fuera en persona o a través de sus textos, que son su presencia viva, era estar en presencia de alguien, cuyas palabras eran la realidad viva que lo habían transformado en la persona que era llamada a ser – viva, amorosa, liberada, inspiradora. El tiempo cronológico no es poco importante – está en el contexto en el que comenzamos a vislumbrar la profundidad infinita del tiempo sin sus límites. Pero el tiempo cronológico se convierte en algo pesado, o peor cuando se vive sin el conocimiento o sin la experiencia de esta verdad. Entonces verdaderamente nuestras vidas se hacen prisioneras del miedo o de la ansiedad, de lo que no tiene sentido y de la aburrición. Esto es trágico porque está muy lejos de lo que somos llamados a ser. No es insignificante que Father John muriera hace 35 años pero esto es de absoluta no importancia comparado con la verdad que él vive tanto en su enseñanza para todos aquellos que es un gran regalo, pero también al nivel más profundo en que vive en la vida y la conciencia de Cristo, que él experimentó y enseñó mientras estuvo con nosotros y que ahora lo vive en plenitud. Y en cierto grado, aún de forma imperfecta, nosotros estamos tratando de seguir en el camino qué él nos mostró, y a ese grado sabemos que verdaderamente él sigue con nosotros – no como un objeto de nostalgia o un recuerdo, pero como parte del poder vivo del Amor que nuestro camino de la meditación nos abre en el corazón de nuestra vida. El Amor de Dios es maravillosamente respetuoso de nosotros y de nuestras vidas individuales – de nuestras fortalezas y de nuestras debilidades; de nuestras fallas y de nuestros éxitos; de nuestras tristezas y de nuestras alegrías. Nada nos puede separar del Amor de Dios.

He pensado con frecuencia que una de las frustraciones que Father John conoció en su vida era la de tener que respetar el ritmo lento en el que la mayoría de nosotros hacemos el viaje a la libertad y al gozo, prefiriendo quedarnos por más tiempo en el territorio familiar de nuestras adicciones y compulsiones. Una de las grandes verdades que él dijo a este respecto es “solo toma el tiempo que tome para darnos cuenta de que no toma tiempo”. ¡Me ha tomado como cuarenta años reconocer la verdad de esta enseñanza! Pero aquí está la gran verdad que nos fortalece – reconocemos a nuestro maestro porque lo que vemos y lo que respondemos en el maestro ya esta presente en nosotros, no obstante, en un estado latente. Y Dios hará todo en el poder de Dios de no permitirnos olvidar esto y de experimentarlo plenamente aún si para Dios implicara traernos una chispa de su plenitud a través de llevarnos por un terreno rugoso, tal vez incluso perder a nuestro maestro antes de que pudiéramos hacerlo posible – o cualquier otro tipo de pérdidas, abandonos o traiciones de los cuáles podemos ser tanto víctimas como perpetradores. Estos nos son eventos insignificantes de nuestra vida, nos traen un gran dolor pero pertenecen a Crono y no a Eón, o, diciéndolo de otra forma – nada nos puede separar del Amor de Dios.

En este último año he pensado mucho en Father John ya que, debidio a mi jubiliación de mi ministerio en el hospital, ahora me es más fácil responder al llamado que estaba experimentando de abrazar el sendero contemplativo con mayor atención que anteriormente. Recuerdo el día, hace 42 años, cuando como un joven católico convencional fui a hablar de mi vocación monástica con el Abad de Ealing – fue ahí que por puro chance conocí al monje del cuál no sabía yo nada de él, y que se convertiría en mi maestro – como me percataba a un nivel bastante torpe ese día – y que ofrecería a ese joven católico convencional una visión radical de liberación y de Amor. Me acuerdo también, después de ese corto periodo de siete años, estar sentado solo en una colina junto al monasterio de Mount Saviour, sintiendo la pérdida del hombre que acabábamos de enterrar, acompañado de la pena en el amplio contexto de una profunda paz y de una firme creencia que todo estaría bien porque él había sido leal a su llamado y que ahora el llamado a nosotros sería también leal a nosotros. Ahora puedo ver estos dos ejemplos de los tiempos cuando se fijó el tiempo cronológico en que fui aceptado por el Abad y el tiempo del entierro de Father John que se convirtieron en el contexto en que el tiempo eterno me ofrecía el regalo de mi maestro y el consuelo que necesitaba en ese momento de gran pérdida, de no dudar de los resultados. Es el consuelo lo que he necesitado varias veces para re-aprender. Pero también he llegado a experimentar profundamente la verdad de la confirmación de que todo, en verdad, iría bien.

Creo que lo mejor que descubrí en estos últimos dos años es que no hay a donde ir; no hay tal cosa como una vida espiritual. Tenemos, como lo sabía muy bien Father John, esta vida en este momento y la pregunta es si la estamos viviendo como debería de ser – en el momento presente de la eternidad. O como uno de mis maestros actuales, Jim Finley, discípulo de Thomas Merton, dice, “en todo momento el Amor infinito está infinitamente dando la infinitud de sí mismo en el momento concreto e inmediato de mi vida”. El mismo Merton es testigo de esto en su gran epifanía en la esquina de la calle Fourth y Walnut en el centro de Louisville cuando se percató y dijo que la gran ilusión de una existencia sagrada separada es un sueño, que amaba a todos los extraños que lo rodeaban y entonces la puerta del cielo está en todos lados. Saber esto, es la invitación que también nos hace Father John con su enseñanza – y hace toda la diferencia del mundo tanto en los términos de nuestra propia experiencia de vida y el tipo de persona que se transforma para los otros. El gran regalo que tenemos que ofrecer al mundo es el regalo de nuestra autenticidad y de nuestra integridad; el regalo de nuestra esperanza y de nuestro Amor; el regalo de nuestro perdón y nuestra compasión. Y estos no son logros que resultan de una gran batalla moral de nuestra parte, sino que son los regalos que nos encontramos recibiendo en la vacilante fidelidad y en la titubeante humanidad tan nuestra que se hace presente tanto como puede a la plenitud de Dios en la simplicidad del silencio de nuestra meditación. Father John y Dios no están separados – el dador y el regalo son uno. Que nunca dejemos de dar gracias y de amarlos a los dos.

Father Paul Geraghty

Leave a Reply

Your email address will not be published.