Admirar a Dios

Admirar a Dios – Joaquín

En principio, para amar a alguien, en este caso a Dios, debemos admirarlo. Al admirarlo lo amas y sientes ese profundo agradecimiento que brota de tu interior, sin saber muy bien de dónde viene. Y ¿Cómo podemos admirar a alguien sin conocerlo?

Yo creo que visitando tú interior, contemplando la naturaleza y mirando a las personas un poco mas allá de su persona, mirando a su corazón, ahí vamos conociendo a Dios y admirándolo.

Visitando nuestro interior. Sabemos cuándo vamos hacia nuestro interior que el gorgoteo de nuestra mente nos lleva hacia un limbo que no es fácil apartarse si no sabemos que por nosotros mismos nada podemos. Que fijando una palabra en nuestra mente, estamos cerrando la puerta al ruido. Y de esa forma, vamos descubriendo la fuerza del espíritu. Vamos sabiendo que por nosotros mismos nada podemos, por más fuerza de voluntad que le pongamos. Vamos sabiendo que no tenemos nada para ofrecer y que vamos a Él con nuestras manos vacías. Vamos avanzando por un camino hasta que la palabra que hemos fijado en nuestra mente va penetrando en nosotros y pasa a repetirla nuestro corazón. Nuestra poca voluntad de querer, y nuestra perseverancia de ponernos es lo único que nosotros podemos ofrecer, porque no tenemos más. Es el Espíritu el que nos va enseñando, empujando y siempre vamos a la siguiente, otra vez sin nada que ofrecer, porque Él es el que nos habita y a Él vamos conociendo y admirando sabiendo que siempre ha estado ahí y somos uno con Él. Nada sale de nosotros, todo bien es de Dios y ahí radica nuestra pobreza de espíritu, descubrir y saber que sin Él, en nuestra vida no hay motor que nos mueva.

En la naturaleza, al mirarla contemplando y reconocer las maravillas que Él nos ha dado. Sabiendo que nosotros no seremos capaces nunca de construir un almendro. Eso sí podremos plantarlo, regarlo, y cuidarlo. Pero cuando florece vemos la maravilla y la belleza de sus flores, y sabemos que nunca podremos darle la belleza que Dios le ha puesto, y que nunca podremos construir un fruto como el que da el almendro.

Y de ahí nuestro asombro y admiración. Y el saber que no podemos por nosotros mismos ni siquiera admirar esa belleza.

Y por último en las personas que encontramos en el camino , también podemos ver a Dios y su belleza. Si somos capaces de mirar a los corazones de esas personas desde nuestro corazón, teniendo presente que no tenemos nada para ofrecer y es Dios desde nuestro corazón el que va a ofrecer todo lo que necesite.

Nosotros por nosotros mismos nada somos y nada tenemos, de ahí nuestra pobreza de espíritu. Por eso plantemos el árbol de la palabra repetida y reguemos a diario, podemos sus ramas cuando toque, limpiemos los alrededores de hierba mala, y así florecerá y dará unas bellas flores y un fruto que alimenta y da sabor, sabiendo que nada de esa belleza y sabor viene de nosotros, que solo hemos sido el medio necesario, porque Dios ha querido que seamos uno con Él.

Joaquín Moguer
Cádiz, España

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