De la Palabra al Silencio

De la Palabra al Silencio – John Main, OSB

La belleza de la visión cristiana de la vida radica en su noción de unidad. Contempla a toda la humanidad unificada en Aquel que es uno con el Padre. Del mismo modo, toda la materia, toda la creación, es arrastrada en ese movimiento cósmico en dirección a la unidad en que consistirá el cumplimiento de la armonía divina. No se trata, pues, de una visión abstracta. Está imbuida de una profunda alegría personal, porque dentro de ella se afirma el valor de cada persona. Ninguna cosa bella se perderá en esta gran unificación, sino que cada una llegará a su plenitud en el todo. Unidos llegamos a ser aquello a lo que estamos llamados. Sólo unidos sabemos de una forma perfecta quiénes somos.

Ésta es la gran visión general que ha guiado a la tradición cristiana a lo largo de los siglos. Sin ella no podemos llamamos discípulos suyos. Y sin embargo, a cada uno de nosotros nos corresponde avanzar en esta visión en nuestra experiencia personal, descubrirla por nosotros mismos o, más bien, verla con los ojos de nuestro Señor. La tarea fundamental de nuestra vida, según el planteamiento cristiano, es llegar a la unión, a la comunión. Expresándolo desde el punto de vista que nos sirve de punto de partida a la mayoría de nosotros, significa trascender todo dualismo, todas las divisiones de nuestro interior y toda la alienación que nos separa de los demás. Era el dualismo lo que caracterizaba a las herejías que amenazaban el justo equilibrio, la ponderación de la perspectiva cristiana. A su vez, el dualismo es el que genera las disyuntivas imposibles e ilusorias que nos producen tanta angustia innecesaria: Dios o la humanidad, el amor propio o el amor al prójimo, el claustro o el mercado.

Para poder comunicar la experiencia cristiana de la unión, la experiencia de Dios en Jesús, hemos de terminar con esas falsas dicotomías que existen en primer lugar dentro de nosotros mismos. Hemos de ser unificados por Aquel que es uno.

Parece que la naturaleza de las dualidades consiste en propagarse, complicando la unidad y la simplicidad desde las que comenzamos y a las cuales nos llama la oración profunda.

Una de las principales dicotomías es la polarización de la vida activa y la contemplativa, siendo su efecto más perjudicial alienar a la mayor parte de los cristianos de esa oración profunda que trasciende la complejidad y restaura la unidad.

Terminamos por considerarnos como contemplativos o como activos, y esta distinción es válida tanto para los religiosos como para los laicos. Como activos, nos hallábamos en el seno de una vasta mayoría cuya vida espiritual descansaba en lo devocional o en lo intelectual, sin pretender tener experiencia de Dios. Como contemplativos, formábamos parte de una pequeña minoría privilegiada, separada del cuerpo principal no sólo por altos muros y extrañas costumbres, sino también por un léxico especializado o incluso por una incomunicación absoluta.

Como todas las herejías, ésta llegó a ser posible y duradera porque poseía un germen de verdad. Existen algunos que están llamados a vivir en el Espíritu, en los márgenes del ajetreo del mundo, y cuyos valores principales son el silencio, la quietud y la soledad. Los contemplativos tal vez no son predicadores, pero deben comunicar en último término su experiencia, porque ella se revela a sí misma. Su vivencia es la experiencia del amor, el cual se extiende para comunicar, compartir, ampliar el ámbito de su propia comunión. La conclusión derivada de una falsa comprensión de la dimensión contemplativa de la Iglesia distorsionó la enseñanza explícita del Nuevo Testamento, o sea, que la llamada a la santidad es universal. La llamada del Absoluto se dirige a cada uno de nosotros y es únicamente esta llamada la que nos da un sentido último; nuestro valor definitivo se encuentra en la libertad que se nos ha concedido para responder a ella. La exclusión de la mayoría de los cristianos de esta llamada ha tenido graves y profundas consecuencias, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Si se niega nuestro sentido y valor definitivos, ¿cómo podemos esperar que el respeto mutuo sea el principio director de nuestras relaciones cotidianas?

John Main, OSB
Del libro: Word into Silence – traducido como “Una Palabra hecha Silencio”
© Canterbury Press, 2006 13-17 Long Lane, London ECIA 9PN, Reino Unido7
© Ediciones Sígueme S.A.U., 2008
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