¿Eres feliz?

¿Eres feliz? – John Main, OSB

Si se nos preguntase a la mayor parte de nosotros por qué no nos sentimos realizados, simplemente por qué no eres feliz, probablemente no responderíamos empleando términos como armonía esencial, percepción, conciencia o espíritu. Mucho más probablemente señalaríamos aspectos particulares de nuestra vida como el trabajo, las relaciones o la salud, atribuyendo nuestra infelicidad o ansiedad a cualquiera de ellas. De hecho, muchas personas no descubrirían que esos elementos de nuestra existencia tienen algún punto de contacto en común. Para muchos de nosotros, las actividades cotidianas son como líneas paralelas, y muchos se ofenden si un área incide en otra. El resultado de ello es que la vida moderna a menudo carece de un centro, de un punto de convergencia, de una fuente de unidad. Por consiguiente, hombres y mujeres ignoran el sentido de su propio núcleo creativo y, como consecuencia de ello, no están en contacto con su verdadera identidad.

La noción de oración que la convierte en una mera cuestión de decir a Dios lo que queremos y necesitamos y de recordarle nuestros pecados de omisión sólo agrava nuestra alienación de la realidad. Para ello servía el mensaje liberador que Jesús vino a anunciar: «No andéis preocupados pensando qué vais a comer o a beber para sustentaros, o con qué vestido vais a cubrir vuestro cuerpo. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido?» (Mt 6, 25). Jesús no aboga en absoluto por una indiferencia irresponsable o fanática en relación con los aspectos externos de nuestra vida, sino que más bien nos invita a desarrollar un espíritu de confianza; fe absoluta en la paternidad y maternidad del Dios que no solamente nos creó, sino que nos sostiene en el ser a cada momento. Enseñaba: «No andéis preocupados por el día de mañana, que el mañana traerá su propia preocupación» (Mt 6, 34). Realízate, es decir, hazlo en el momento presente, porque tu felicidad y tu plenitud se encuentran aquí y ahora.

Confiar en otro supone renunciar a uno mismo, colocando en el otro tu centro de gravedad. Esto es libertad y esto es Amor. De las preocupaciones materiales de la vida, dijo Jesús: «Buscad ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará lo demás» (Mt 6, 33). La organización adecuada de nuestras actividades externas sólo puede lograrse una vez que hemos vuelto a contactar conscientemente con el centro de todas esas actividades e intereses.

Ese centro es el objeto de nuestra meditación. Es la médula de nuestro ser. Según explica Teresa de Jesús, «Dios es el centro del alma». Cuando se abre nuestro acceso a dicho centro, el reino de Dios se establece en nuestro corazón. Ese Reino es nada menos que la fuerza presente y directriz de Dios que impregna toda la creación. En palabras de Juan Casiano, «quien ha hecho la eternidad no quiere que se le pida nada perecedero, nada vil, nada que pase con el tiempo» (Conl. 9,24). Ello no se debe a que Dios no quiera que disfrutemos de las bondades de la vida, sino a que sólo podemos disfrutar de forma plena cuando hemos experimentado la autodonación divina de la que proceden todas las cosas, que es la bondad misma. La prueba de su generosidad es también aquello que san Pablo llama «el fundamento de nuestra esperanza»; éste consiste en que, «al damos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones» (Rom 5,5).

No se trata de una experiencia reservada a unos pocos escogidos, sino de un don puesto a disposición de todos. Para poder recibirlo, debemos regresar al centro de nuestro ser, a la fuente de nuestra existencia, donde encontramos la infusión del amor de Dios por el Espíritu de Jesús.

John Main, OSB
Del libro: Word into Silence – traducido como “Una Palabra hecha Silencio”
© Canterbury Press, 2006 13-17 Long Lane, London ECIA 9PN, Reino Unido
© Ediciones Sígueme S.A.U., 2008
Para la difusión gratuita de la Meditación Cristiana
Editado por Hugo Mateo y Ricardo Centurión

PREGUNTA DE LA SEMANA
De acuerdo a tu experiencia de meditar, ¿cómo defines la felicidad?

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