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La comunidad cristiana – John Main, OSB

by | Jun 13, 2021 | Meditacion Cristiana

La comunidad cristiana – John Main, OSB

Si los cristianos hoy día no proclamamos el evangelio de Jesús con la convicción y el entusiasmo suficientes, se debe principalmente al hecho de que olvidamos que nuestro sentido, en esencia, consiste en existir para los demás. La Iglesia no existe para perpetuarse a sí misma, para resguardarse de las heridas o para aumentar su seguridad. Existe para guiar a otros al conocimiento del amor redentor de Dios en Jesús; en la medida en que verdaderamente existe para los demás, la Iglesia no resulta vulnerable y aparece triunfante. Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo. No se enciende una lámpara para taparla con una vasija; sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los que están en la casa. Brille de tal modo vuestra luz ante los hombres que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 14-16).

Si el mundo no cree en lo que decimos acerca de Jesús, en lo que decimos acerca de la realidad del espíritu humano, ¿no se debe sobre todo a que no creen realmente que lo creamos y lo conozcamos? No basta con pensar en transformar la imagen de la Iglesia en el mundo, de pensar constantemente qué efecto tendrá tal cosa o qué impresión producirá. Debemos empezar no por cambiar la imagen de la Iglesia, sino por redescubrimos a nosotros mismos como imágenes de Dios.

Solamente encontramos una forma de hacer tal cosa: difundir la luz que se le ha confiado a la Iglesia sobre todos los de la casa. Se trata del camino de la oración. El medio, en esta cuestión al igual que en todas, ha de conformarse al fin. Nuestras comunidades cristianas no existen para sí mismas, sino para los otros y, en definitiva, para el Otro. En nuestra oración hemos de descubrir que existimos para el Otro, ya que es en la oración donde nos sentimos creados y sustentados por él.

Así pues, en nuestra oración dejamos que Dios sea él mismo; disfrutamos de que sea como es; no tratamos de manipularlo, de arengarlo o de adularlo; no lo aplacamos con palabras o fórmulas inteligentes, sino que lo adoramos, es decir, reconocemos su valor y su importancia. Al hacerlo, descubrimos que nosotros, creados a su “‘imagen, compartimos idéntico valor e importancia como hijos de Dios.

En algún momento de la vida, ya sea estando con la persona amada o tal vez en un momento de profundo dolor y angustia, todos hemos sentido la particular fuerza que esconde el silencio. El silencio llega de forma natural en momentos de gran importancia para nuestra vida, pues sentimos que entramos en contacto directo con cierta verdad o cierta intuición, de modo que las palabras nos distraerían y nos impedirían comprenderlo perfectamente. La fuerza que posee el silencio permite que surja esta verdad, que salga a la superficie, que se haga visible. Ocurre naturalmente, a su debido momento y de la forma adecuada. Sabemos que no somos responsables de que suceda, pero percibimos que tiene un significado personal. Sentimos que es mayor que nosotros mismos, y tal vez en nuestro interior descubramos una humildad insospechada que nos lleve a un silencio verdaderamente atento. Permitimos así la existencia de la verdad.

Sin embargo, todos nosotros albergamos algo que nos incita a controlar a los demás, a aminorar el impacto de lo que captamos tenuemente en un momento de verdad, a protegernos de su fuerza transformadora neutralizando su alteridad e imponiéndole nuestra identidad. El crimen de la idolatría consiste precisamente en crear nuestro propio dios a nuestra imagen y semejanza. En lugar de encontrar al Dios que es asombrosamente distinto de nosotros, nos construimos una maqueta de Dios haciéndonos una imagen psíquica y emocional. De este modo no perjudicamos a Dios, por supuesto, pues la irrealidad no tiene poder alguno sobre Dios, pero nos degradamos y dispersamos, renunciando al potencial y a la gloria divina de nuestra humanidad a cambio del falso brillo del becerro de oro. La verdad resulta mucho más apasionante, mucho más maravillosa. Dios no es un reflejo de nuestra conciencia, sino que nosotros somos destellos suyos, la imagen divina, en virtud de nuestra incorporación a Jesús, Hijo de Dios y uno de nosotros. El camino que nos lleva a experimentar tal verdad es el silencio de nuestra meditación.

John Main, OSB
Del libro: Una Palabra hecha Silencio
Ediciones Sígueme de Salamanca
Para la difusión gratuita de la Meditación Cristiana

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