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Nuestra identidad – John Main, OSB

by | May 23, 2021 | Meditacion Cristiana

Nuestra identidad – John Main, OSB

Uno de los rasgos más característicos de nuestro tiempo es el sentimiento casi universal de que todos, de algún modo, hemos de alcanzar de nuevo un nivel fundamental de confianza personal, hemos de llegar a los cimientos o a lo más importante de la vida. Un temor compartido prácticamente por todos es el de dejar de ser, el de perder el contacto con nuestra identidad, viviendo a cierta distancia de nosotros mismos. James Joyce dijo de uno de sus personajes que «vivía a cierta distancia de su cuerpo». Se trataba de un diagnóstico asombrosamente sencillo y certero de lo que hemos terminado por denominar alienación.

Las razones de esta sensación de alienación en relación con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza son, sin duda, numerosas, pero existen dos motivos en particular. El primero consiste en nuestra huida de toda responsabilidad personal. Perdemos el contacto con nosotros mismos porque dejamos que otra persona o bien otra cosa tomen decisiones personales por nosotros. Cuán a menudo decimos de alguien que no actúa siguiendo las convenciones que «se ha descarriado», asumiendo en el fondo que la sociedad traza el itinerario que debe ser seguido por toda vida. Un segundo motivo radica en la manera en que se nos entrena para establecer compartimentos en nuestra vida de forma excesivamente rígida, dividiéndola, por ejemplo, en escuela, trabajo, hogar, familia, ocio, iglesia, etc. A resultas de ello, perdemos la sensación de ser uno. Toda nuestra persona se ve implicada en cualquier actividad o responsabilidad que emprendamos, del mismo modo que la presencia personal de Dios es total por todas partes y no puede parcelarse o limitarse.

La gente de hoy en día se halla en una situación de enorme confusión, porque la complejidad y el fraccionamiento de su vida parecen haber destruido su identidad personal. La cuestión que nos planteamos, la que se hacen todos los hombres y mujeres de nuestra época -y no sólo personas religiosas-, es ésta: «¿Cómo podemos volver a entrar en contacto con nosotros mismos? ¿Cómo recuperamos la sensación de confianza en nosotros, la confianza de saber que existimos por derecho propio?». Se trata de un interrogante que debemos hacemos y contestar, porque sin dicha confianza fundamental en nuestra existencia no tenemos el valor de salir de nosotros mismos al encuentro de los demás, y sin ellos no podemos llegar a ser por completo nosotros mismos.

Asimismo, existe una especie de instinto universal que nos advierte de que la respuesta a esta pregunta no se halla en un autoanálisis cerebral. Para descubrir nuestra armonía y plenitud esenciales, que es lo que significa descubrirse a uno mismo, no podemos concentramos únicamente en una parte limitada de nuestra existencia. Lo que la humanidad actualmente está redescubriendo de un modo particular -aunque también se trata de un hallazgo nuevo– es que la realidad sólo puede ser conocida en su conjunto, no en partes, y que esa aprehensión total tan sólo se puede producir en el silencio.

Percibimos que esta verdad se está descubriendo en la actualidad en muchas áreas de la vida y del pensamiento. Por ejemplo, el arte abstracto desafia o renuncia a cualquier equivalente lingüístico significativo. No podemos hablar de las distintas tonalidades de marrón en el lienzo. Wittgenstein, tal vez por encima de cualquier otro escritor, nos ha empujado a decir que no podemos confiar en el lenguaje para representar la verdad. El discurso es una especie de regresión infinita, pues las palabras en realidad solamente remiten a otras palabras. Se trata de un descubrimiento liberador para todos, siempre y cuando tengamos el valor de seguirlo ‘y de llegar a estar verdaderamente en silencio. De hacerlo, una de las primeras recompensas será la percepción de nuestra armonía esencial, la armonía que descubrimos a través de una atención plena en la oración. Dicha atención constituye algo más profundo, más real que lo que el pensamiento, el lenguaje o la imaginación pueden conseguir. Toda la persona, disfrutando de la vida con su carácter de don, puede descubrir el gozo en su plenitud. «Me tejiste en el vientre de mi madre, te doy gracias porque eres sublime», canta el salmista (Sal 139, 13-14).

Nuestra tarea al meditar consiste en dejar que se restaure nuestra unidad y que nuestra dispersión regrese a su armónica organización en el centro de nuestro ser. Para ello debemos no dispersamos más. Tenemos que concentramos, que adentramos en lo más profundo de nuestra existencia. Cuando nuestra conciencia se abre realmente a ese núcleo, en silencio, entonces se libera una fuerza que es el impulso de la vida, la potencia del Espíritu. En esa fuerza somos reformados, reunidos, recreados. «Si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura», afirmó Pablo (2 Cor 5, 17). El mantra nos conduce directamente a ese centro.

John Main, OSB
Del libro: Una Palabra hecha Silencio
Ediciones Sígueme de Salamanca
Para la difusión gratuita de la Meditación Cristiana

PREGUNTA DE LA SEMANA

¿En qué radica encontrar tu identidad personal

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